«

»

Feb 24

COQUI ORTÍZ: EL SUCESOR SEMEJANTE

Aguapey.Buenos Aires,24.02.2017.

 

Entre Villa Libertad y Villa Centenario, en Resistencia, Chaco, existe un ecuador sonoro que vertebra dos polos de armonía recíproca y decisiva: Zitto Segovia y Coqui Ortiz, tensiones de un meridiano armónico que integra las dimensiones de la tradición y la progresión de la música popular en el Chaco. Mejor digo, la música de proyección folklórica (el folklore auténtico es anónimo, sin registro de autor, dice Don Atahualpa Yupanqui) de una identidad en trance. Lo chaqueño es, todavía, una tentativa a resolver mientras se interroga; una voluntad que merece tornarse crítica para interpretar su mestizo designio. Un rostro se intuye y se revela: sale al encuentro de su tiempo. Cuando penetra en su destino, inicia el ascenso hacia la faz de su ser. Comienza a mirarse en los otros, a semejarse a sí mismo. Ve, lo que es.

Alfareros de una arcilla en vigilia que asume la forma de un deseo, elvolumen de una entrega, la gravedad de un desafío, somos artesanos de un barro lúcido a fuerza de templarlo con preguntas. La pregunta es el mayor instrumento de la civilización.

En sendos patios de árbol antiguo y sol invicto, los jóvenes se atrevieron al ardiente verdor de la incógnita que brota de la rama del asombro. Ramón Andrés desnació ávido de preguntas, Julio heredó su sed de preguntarse.

Compartí, junto a ellos, vocaciones y vivencias. Trabajé con ambos, y me sentí un par de ambos. Perduramos amigos. Tuve el honor de estrenar y reponer, por partida doble, “La Navidad Chaqueña”, una cantata de mi autoría y música de Zitto Segovia, con estos artistas, diversos, distintos y sustantivos. Ellos poseen cuño de raza y de genio: se parecen a lo que hacen y hacen lo que son.

A principios de los noventa, decidimos la reposición de la obra, cuyo protagonista es el Arcángel Mario Nestoroff, que habíamos representado en vivo y grabado para televisión, a mitad de los ochenta con Zitto Segovia, solista, Jonhy Bher, percusionista, Marilyn Granada, coreografía y Bosco Ortega, relator. El desafío, casi insoluble para la nueva puesta, radicaba acerca del solista vocal e instrumental que cubriría (no reemplazaría) el rol de Ramón Andrés Segovia. Averiguamos y coincidimos en un muchacho de pandilla y potrero de balones zurcidos, alumno de secundaria nocturna, estudiante de la Escuela de Folklore “Huellas Argentinas”, lector-vividor de poesía junto a Jorge, su hermano, y discípulo de Roberto Rodríguez, guitarrista patriarcal del Chacú profundo. Le propusimos la empresa reincidente y le obsequiamos el texto y la grabación del espectáculo de cámara, con carácter de juglaría y posible de montaje en cualquier espacio. A los pocos días, nos comunicó su aceptación: Coqui Ortiz se convirtió en el solista, sucesor de Zitto Segovia. El tiempo demostró que lo sería, por mérito propio, más allá de esta circunstancia providencial.

Aquella segunda puesta en escena reunió a Coqui Ortiz, solista, Horacio “Lachi” Acevedo, bandoneón y arreglos, Charlie Vallejos, percusión, Rolando “Pombero” Medina, bailarín, Marilyn Granada, coreografía, y este testigo que rubrica esta remembranza.

Coqui respetó la versión armónica original, le aportó las inflexiones de su timbre, la dotó de su fraseo sobre la partitura, la enriqueció con su manera (diferente) de modular texto, voz y guitarra, la incorporó a su resonancia orgánica. La hizo suya, sin imitar, ni recurrir al estilo inconfundible e irrepetible de su antecesor. Zitto estaba vivo en el espíritu de su música y nuevo en la recreación de su melodía. Sus genios templaron en tono de alma.

El porvenir fue proseguir para Julio “Coqui” Ortiz que afina su clave personal en orden a su tesitura cósmica. Su trama sonora madura en los telares de metacarpos de Cayé Gaúna, Ricardo Panissa, Ramón Acosta y el oceánico Luis Salinas, quien lo distingue, lo ubica a su lado en la escena y le confía sus canciones inéditas al tropo de su verso. De instrumentista e intérprete de repertorios ajenos, se define, luego, en su naturaleza de cantautor. Centra su orbe en una poética de sutilizada envolvencia con climas de luminosa levedad;  urde y pule el cuarzo de la canción y extrae la iridiscencia del poema. El ropaje de su música posee una mestiza vestidura de géneros que la vuelven rica, sin recargarla; ardua, sin afectaciones. Ortiz, suena, denso y natural.     

Siempre me impresiona, deja huellas en mi espíritu. Pero mi amistad no exime de  perspectiva a mi admiración como trabajador de cultura o, como prefiero, productor de bienes culturales. Valoro su decencia de artista, con orgullo y vergüenza equilibrados; elogio su docencia de virtuosismo y experimento controlados. Conozco de sus urgencias y necesidades; en buen romance, sus jornadas de panes escasos y arroces versátiles. Pero, como su antecesor, no trafica su hambre de pan y de gloria. Zitto y Coqui fueron espartanos de su oficio, atletas de su elección. Digo Coqui Ortíz, y pronuncio ejemplo. El sucesor semejante.

 

                            (A Jorge “Quico” Ortíz, in memoriam, en el patio de Doña Cecilia)

 

                                                                      Bosco Ortega

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *