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Feb 21

LA CRISIS FRENTE A LAS INSTITUCIONES

Por: Arturo Zamudio Barrios

Aguapey.Corrientes,21.02.2015.   ¿Es circunstancial el  descrédito de la llamada –o mal llamada-  Clase Política, desde, prácticamente, los últimos días del siglo pasado? Lo cierto es que en todas partes se cuecen habas en tal sentido y tanto los capítulos vividos en nuestro país, en otros lugares de Sudamérica, como Ecuador y Bolivia, en Estados Unidos con el acampe Wall Street, o en España con el 15 M, nos indican que uno de los puntos vitales de la crisis pasa por el pobre concepto que merece el sistema de representación, cuya calidad bipartidista ha concluido en sinónimo de decadencia. A tal punto que, ante los grandes estallidos populares, todo el régimen de Partidos políticos –presuntos exponentes de democracia- demuestra día tras día su incapacidad para entender lo que hay que entender: que la Sociedad Civil, en movimiento, exige nuevas instituciones que le sirvan para regir su existencia, garantizar el cuidado de la naturaleza y lograr una estabilidad distinta de la que el orden de cosas propicia.

       Como dicen los muchachos del 15 M en sus Pancartas: sin casa, sin fonda, sin curro,  porque el sistema nos ha dejado fuera. ¿Y en qué consiste ese sistema en el que, como añaden los movilizados de la Puerta del Sol,  los dineros van por un lado y los hombres por otro, es decir, a la deriva de un atasco en el que la inversión ha dejado de ser  medio de producción de bienes, para convertirse en mero reproductor de sí misma? Como sabemos, un sistema es un todo, o sea tanto el modo en que se reproduce la vida como aquél en que se la administra; y esta gestión administrativa es tan indispensable a la primera que ambos, modo de producción y de administración, han sido el producto del mismo desarrollo histórico, aunque a menudo  aparezcan como independientes. Por eso,  si la crisis ha empezado por desmantelar el aparato productivo en, por ejemplo, la Eurozona, tampoco escapan a la corrosión sus aparatos de representación y  Gobierno.

      Algo a tener en cuenta por los países sudamericanos, muchas de cuyas limitaciones nacen en lo tardío de su aparición en la historia. Pues, lo que en Europa había comportado una conquista de la Sociedad Civil en  lucha durante siglos, llegó a nosotros como producto de la reflexión de ciertos seres ilustres: Montesquieu, Locke, Rousseau… y de ahí la costumbre acrisolada –y cristalizada- de atisbar siempre lo que los libros europeos aportan a la solución que buscamos.

        Pero la ironía de la historia mundial, como decía Engels, nos juega de tanto en tanto una mala pasada. Y en esa mala pasada nos hallamos: se ha generalizado ya el equiparar al descalabro socio-económico iberoamericano de la década nona, como el ciclo que Europa vivió antes de la Revolución de Octubre y, por ende, el comienzo de siglo –el XXI- y sus remociones como el instante en que Europa acusa, catastróficamente, su crisis estructural. Iberoamérica, por lo tanto, ha empezado  a desandar, por su cuenta, aquella coyuntura, mientras ninguna fuga hacia adelante cabía vislumbrar en el Viejo Mundo… Por el contrario, la propia lentitud y pobreza de ideas con que hoy afronta su estado de cosas, revelan el grado en que las experiencias del Nuevo se ubican, de pronto, en la huella a seguir por los mentores de ayer.

     Aquí es donde se insertan en los países sudamericanos tanto el descrédito de la clase política como el reclamo de soluciones de fondo en el plano institucional.  Y a esta innovación se le ha dado el nombre de Democracia Participativa, o Democracia de nuevo tipo, planteado por primera vez en el Perú por Velasco Alvarado y vista con desconfianza desde ambos lados del recinto político: para unos, era excesivamente radical; para otros, no suficientemente revolucionario. Tácitamente, lo pone en mira el episodio de trágico desenlace de Chile, cuya construcción del Socialismo desde el Poder político obtenido pacíficamente, supone la creación progresiva de un nuevo tipo de Sociedad Civil.

     Hoy, aquellos experimentos no siempre gratos en el recuerdo, constituyen el antecedente imprescindible de lo que vivimos. Pues… participar no quiere decir solamente intervenir en política, sino en convenir que la vida política atañe a todos los ciudadanos y no solamente a algunos. Pero, además, la participación –lo hubiese dicho el propio Norberto Bovio, que algo sabía del tema- equivale a la irrupción de la Sociedad Civil cuando la crisis escapa de las manos de quienes han sido designados como administradores del Estado. Por dos razones: una, porque no está en sus manos resolverla, si las tareas suponen el desarrollo de nuevas formas, por ejemplo, de economía mercantil; dos, porque la crisis social honda, como reconociera en sus últimos escritos no traducidos, el mismo Bovio, sólo es remediable con intervención de la Sociedad Civil.

     Por eso, en esta carrera podemos apuntar indicios: el Presupuesto participativo es enunciado en las Cartas Magnas, pero sólo la agitación de sectores sociales y populares lo convierte en práctica. Mientras tanto, el orden institucional, no creado –repetimos- para resolver esta crisis profunda, utiliza recursos de vieja estirpe para impedirle avanzar. Lo vimos hace unos años en Santo Tomé: la población en mayoría revocó el mandato de sus concejales – la revocatoria de mandato lo establece la Constitución comarcal- pero la Justicia anuló el dictamen popular.

      Así que no es sólo portarse bien y legislar honorablemente, lo que, por supuesto, nadie desdeña, sino saber en qué medida asistimos a una tensión en la que las caducidades institucionales juegan su papel. Lo dijimos antes, como parte de una crisis honda, a cuyo remedio no siempre se accede por las vías del Poder Político, del mismo modo que no es fácil subir al árbol por la copa. Pues… por lo general… es el tronco el que nos permite alcanzarla.

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