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Dic 05

Por Fidel, el alzamiento amado de Santiago.

Aguapey.Santiago de Cuba.Cuba,04.12.2016.62986-fotografia-g62983-fotografia-g62981-fotografia-g62984-fotografia-g62985-fotografia-gComo él, casi todo Santiago se había blindado un brazo con el brazalete bicolor con un fin más que anunciado: la ciudad iba a levantarse
Enrique Milanés León 
digital@juventudrebelde.cu

En un balcón del hotel Libertad, frente a la Plaza Marte, un hombre desconocido mira el panorama. No le pregunté su nombre, este día no importaba; importaba el brazalete. Como él, casi todo Santiago se había blindado un brazo con el brazalete bicolor con un fin más que anunciado: la ciudad iba a levantarse.

Ayer, 3 de diciembre, sí funcionaron las concordancias heroicas: la ciudad en pleno se irguió para la llegada de Fidel. Y hasta la piel se erizó en el momento esperado. Parecía que Frank estaba tras el proyecto.

Trabajadores de hotel, taxistas, empleados de custodia y gente, gente diversa, desanduvo las calles de la Heroica con un brazo rojo y negro. Hasta algunos turistas querían comprarse uno, como si el valor cubano pudiera encontrar un precio.

A pocas cuadras de allí, a pie, que es la única manera para conocer Santiago, los jóvenes del Instituto Preuniversitario Rafael María de Mendive abrieron a la comunidad el libro de condolencias que no deja de sumar mensajes de compromiso.

El que pasaba sin preguntar podía ver una escena común, de las tantas de estos días. El que ahondaba, se enteraba y tenía que decir que el pupitre que sostenía el documento fue uno de los que usó Fidel en sus días escolares. Porque allí, en el antiguo Colegio Dolores, el niño que se haría Comandante estudió del quinto grado al primer año de bachillerato, una etapa que fue desde 1938 a 1942.

Al enterarse, el forastero recibía el primer gran «corrientazo» de los muchos del día. Y preguntaba y preguntaba para saber que, además de Fidel, estudiaron allí Ramón y Raúl y Vilma, Renato y Chivás y otra serie de figuras que sostienen los pilares de la escuela y de la patria.

Con semejantes emociones salimos hacia el parque Céspedes para sumarnos a la espera de Fidel. El pueblo estaba levantado: se decía que llegaba al mediodía, que recibiría a su paso el beso de la bandera en un gesto netamente santiaguero, que ya estaba a unos pocos kilómetros, abreviados por la gente en sus ansias de tenerlo.

Al fin arribó en su postrer caravana y el aire se llenó otra vez con aquella voz muy suya que un día había anunciado, junto al título heroico que se hizo ciudad, la Orden Antonio Maceo para la urbe más parecida al Titán.

Una tenue llovizna precedió por un instante a la caravana. Cada cual la interpretó a su manera. También yo tuve la mía. Los familiares, Los Cinco, los niños que en estos días se han tornado Fidelitos, el pueblo entero y aquella voz diciéndole a Santiago: «¡Hemos vuelto…!», y recordándole que jamás un combatiente cesa su lucha, desataron mil emociones.

De ahí avanzó a la Plaza de Marte. No es tan sencillo seguirle los pasos al Comandante: para estar a tiempo en la posta tres del Moncada había que andar muy rápido. Ya habíamos pasado por la Plaza Marte y conversado con Mirta Martí, la mujer que perdió una pierna pero no pierde el camino.

Fidel nos dio a todos valor, dignidad, seguridad, me había dicho la santiaguera apostada a la espera de los restos venerados. Cuenta que conoció a Tony Alomá y a Frank País, quien se sentaba en los escalones de su casa en la calle San Félix. Una a una, la mujer repasó las medallas de su pecho: la alfabetización, los CDR y la Federación de Mujeres de Vilma llenan de brillo su historia. Le pregunté por su apellido: «Ah —me cuenta—, llevo dentro sus Versos sencillos. Ahora Fidel va a reunirse con él, brazo con brazo», me dice Mirta mientras mece suavemente una bandera.

La posta tres del Moncada fue un asalto vespertino. La caravana llegó sobre la 1 y 30. El jefe del asalto había pasado revista en Santo Tomás, carretera del Morro, Versalles, calle 9, Chicharrones, Trocha… todos querían alistarse.

Fueron 17 kilómetros en la amada ciudad que, a su paso, se levantaba. La ciudad valiente, que no aprende a temblar cuando hay temblores, la que tiene bíceps que parecen lomas, la alegre que organiza carnavales eternos, estuvo ayer llorosa con todo y el brazalete rojo y negro que reinstaló en su hombro.

Parecieron muy cortos. ¿Cuántos metros tenían esos 17 kilómetros que anduvieron, por calles empinadas de gloria, los restos de Fidel? No hay distancia, Rebelde, que alcance a tu homenaje, parecía decirle Santiago al que volvía, victorioso, a fundirse en su tierra. Cual hojas de fidelista tronco, semejaban vibrar los santiagueros.

Ya en el cuartel, le esperaron esta vez otros uniformes y otra clase de soldados. Una maestra, de muy santiaguero arrojo, batalló con la prensa que, más alta, parecía otro muro interesado que no dejaba ver a sus pequeños. Mitad molestos, mitad orgullosos de nuestras mujeres-coraje, los reporteros terminamos agachados. Al paso del comando de Fidel giré hacia atrás, buscando otras escenas. Cerré la agenda y supe que estaba mi pecho rojinegro cuando no pude sostenerle la mirada a una niña que lloraba

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